
Me sorprendió ver que la luz de la pieza de mis viejos estuviera prendida cuando ya era muy tarde. Amantes padres, dulces, enamorados. Ambos en su amplia cama , leyendo. El título del libro del viejo era "Ciento una posiciones para hacer el amor" y el de mi madre: "Ciento dos excusas para no hacer el amor".
El gato, con cara de desgraciado tenía en su boca una gran rata que ofrecía al asador pintado sobre la pared del bar que hacía hamburguesas y chorizos sobre una parrilla móvil. La imaginación me detuvo a mirar por un rato lo que hablaba por sí.
Un hueco en una pared con grandes grietas de material quebrado a ambos lados, encerraba a un hombre desnudo, en cuclillas, apoyando las manos en el suelo. Con ojos desorbitados miraba hacia afuera y un mechón escaso de pelo negro se estiraba hasta su entrepierna. El impacto de esta pintura logró su propósito. Un remolino de corridas y gritos se iba disipando en el aire.
No eran cuerdas, viento o teclas, ero los ritmos iban al unísono con las contracciones extremas de los cuerpos esbeltos.
A toda velocidad, una joven apareció colgada de una cuerda y en su trayecto quedó suspendida de un aro que se abrió desde el techo. Sus brazos fueron alas, las piernas dibujaron figuras inimaginables y su cabeza iba en oposición a toda su estructura. Era como el ramaje de un árbol mecido por vientos locos.
El escenario se iluminó en tonos de rojo y se veían oscuridades inmersas en zonas claras que hacían de aquella figura una obra de arte. Imaginé las manos sabias de un escultor, acariciando el material para darle los movimientos a los pliegues de una túnica sutil.
Petrificada por un campo imantado de ilusiones vivía la emoción profunda que el arte puede despertar en tu interior.
Cuando la acróbata desató de su cintura un manojo de cintas rojas, hizo con ellas movimientos de llamas con los colores de un amanecer anaranjado. Me sentí ir en aquellos arabescos con los oídos llenos de los toques de aquella música continua, a veces, quebradiza en otras. Tonos que imaginé salir de manos inteligentes para acompañar la locura de los movimientos.
Al finalizar, la sala quedó negra, tanto que sólo se imaginaban cosas. De repente, un foco iridiscente expuso a todos los artistas y delante de ellos, jóvenes que blandían entre sus dedos diversas formas de campanitas. Se despidieron con una tonada suave que explotó en los aplausos y gritos de alegría más entusiastas.
Es un aire fresco que toca tu cara, extiende las órbitas de tus ojos, explaya la comisura de tus labios. Etérea, liviana, acaricia, da paz. Puede irse al instante si dejas entrar el peso de tus recuerdos. Se asustará, se volverá alas y no sabrás donde está en caso de querer llamarla.
Apareció la soledad, de luz incierta, sin ruidos propios, que hace vagar la mente y no encuentra donde posarse para descansar. Se zambulle para rescatar recuerdos que son de plomo, que deberías echar a otra espalda que los soporte.
Llama al silencio que da espacio para dar recreo a todos los sentimientos inimaginables y da permiso para que busques las palabras que necesites escuchar o hacer penetrar en tu alma o estampar sobre papel.
El pincel acuarelado de verde hizo un fondo de sombras para los pimpollos que se abren en campánulas azules. El tallo rojizo es robusto para flores tan tímidas. Las dos hojas verdes que hacen de copa al conjunto parecen haber dejado un jazmín del cabo por su tamaño pero acompañan el tupido grupo de campanillas. Los manojos de frutos y hojas pequeños y redondos al pie de cada ramillete de flores tienen su tonalidad y parecen estar haciendo nidos para asegurar las corolas.
El azul es raro en la naturaleza de las flores porque es todo del cielo.
¿QUIEN PUEDE CONTRA MILES DE MILLONES DE AÑOS?

El ramillete azul cuelga de una roca e invita a acercarse por su hermosura azul que se acaricia contra el verde de las hojas. Cuando se siente el perfume débil que la brisa saca de las campanillas desde donde también sale el sonido tenue del roce de las alas de las abejas que están guardando los corpúsculos de polen que van clavando en su abundante pelambre.
Nada restringe el paso a éstas trabajadoras que llegan y se abrazan de las corolas como si fueran suyas. Las aprietan en un abrazo y luego las penetran ara acariciar de todas formas posibles a los estambres que las bañan con su polen.
El ramo de corolas azules ha encontrado un hueco en la roca dura debajo de él que ha cedido para que ellas hibernen sus crías que ya saborean la masa de polen.
Al regreso de sus muchos viajes hay una visita imprevista al borde de la cueva. Es una avispa grande, rojiza que con las alas en equilibrio y su aguijón erecto muestra su facha de guerrera. La abeja la ve y se esconde un rato detrás de las hojas gruesas, pero como el bicho no se mueve, es ella la que va a la pelea. En la refriega pierde su carga de polen, su divino tesoro, pero ese intruso no uede invadir su nicho. Ella se mete entre las flores y se sacude para pedir auxilio. De inmediato, todas juntas se mueven y a forma de látigo matan al extraño, La abeja se concentra en despedazar sus alas. Se inclina y lo ve muerto allá abajo. Ya no sabe qué hacer para saludar la amistad y fuerza de sus amigas azules. Antes de volar a su cuna mete la cabeza entre sus pata y reverencia. Ya no es hora de sacar más polen. Mañana será otro día pero estará más atenta.