sábado, 23 de abril de 2016

METAL, CRISTAL,VIDRIO, MADERA



No eran cuerdas, viento o teclas, ero los ritmos iban al unísono con las contracciones extremas de los cuerpos esbeltos.
A toda velocidad, una joven apareció colgada de una cuerda y en su trayecto quedó suspendida de un aro que se abrió desde el techo. Sus brazos fueron alas, las piernas dibujaron figuras inimaginables y su cabeza iba en oposición a toda su estructura. Era como el ramaje de un árbol mecido por vientos locos. 
El escenario se iluminó en tonos de rojo y se veían oscuridades inmersas en zonas claras que hacían de aquella figura una obra de arte. Imaginé las manos sabias de un escultor, acariciando el material para darle los movimientos a los pliegues de una túnica sutil.
Petrificada por un campo imantado de ilusiones vivía la emoción profunda que el arte puede despertar en tu interior.

Cuando la acróbata desató de su cintura un manojo de cintas rojas, hizo con ellas movimientos de llamas con los colores de un amanecer anaranjado. Me sentí ir en aquellos arabescos con los oídos llenos de los toques de aquella música continua, a veces, quebradiza en otras. Tonos que imaginé salir de manos inteligentes para acompañar la locura de los movimientos.

Al finalizar, la sala quedó negra, tanto que sólo se imaginaban cosas. De repente, un foco iridiscente expuso a todos los artistas y delante de ellos, jóvenes que blandían entre sus dedos diversas formas de campanitas. Se despidieron con una tonada suave que explotó en los aplausos y gritos de alegría más entusiastas.

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